Cuarta jornada del Campeonato de Asturias individual

El sábado se afrontó la cuarta jornada del Campeonato de Asturias en los excelentes salones del Palacio de la Magdalena de Soto del Barco, donde se reúnen un par de centenares de participantes y otro centenar de acompañantes, entre padres, madres y mirones, entre los que me incluyo.

Antonio Acebal tomando notas. QUIQUE64
Antonio Acebal tomando notas. QUIQUE64

Se dejó ver el directivo Aitor Alonso, que primero siguió de cerca las confrontaciones y luego compaginó el tiempo con su otra actividad, la de monitor, para comentar las partidas con sus alumnos. También asistió Manuel Alejandro Cuevas, que lo hace siempre que sus obligaciones castrenses se lo permiten. Este año quiso participar, pero los exámenes de ingreso en la Benemérita y la planificación de unas maniobras militares le obligaba a solicitar más byes de la cuenta. Otros que repitieron fueron los valdesanos Alfonso Gil y José Luis Martínez. Quien no tiene estos problemas de calendario y acude puntual, sábado tras sábado, es el maestro Fide Antonio Acebal, siempre pendiente de las aperturas de los posibles rivales de su hermana, que anota de manera incansable para tener luego buena documentación.

La sala de análisis ya tiene actividad bastante temprano. Mamis y papis, papis y mamis, alternan incursiones en la sala de juego con descansos en la de análisis, cafetito o refresco mediante. Pronto llegan los chicos que han finalizado sus partidas. Uno de los primeros en llegar fue el joven Antonio Lucas. Con él está Francisco Gutiérrez, delegado del Club Torres de Llanes, entidad que acoge a muchos aficionados de las localidades y los concejos de los alrededores, en pleno Oriente asturiano, como son los aficionados de Ribadesella y de Cangas de Onís. En Llanes los canaliza Miguel Ángel Armas, que cumple esta encomiable misión docente desde hace décadas.

Aitor Alonso con algunos de sus alumnos. QUIQUE64
Aitor Alonso con algunos de sus alumnos. QUIQUE64

Antonio Lucas, junto a otros cuatro participantes, viene desde Panes, ahí es nada, unos ciento sesenta kilómetros de vellón y casi dos horas de viaje. Y luego hay que dar la vuelta, claro. Algunos descerebrados dicen que Soto del Barco está lejos. ¿Lejos de dónde?

Y es que algunos de los miembros de estas generaciones recientes tienen como primer mandamiento la comodidad. Cuando comenzó el campeonato escuché esta cantinela varias veces, aún la escucho, por cierto, sobre la supuesta lejanía de la sala de juego. Ya entonces me vinieron malos pensamientos. No libidinosos, no, sino sociales, porque recordé inmediatamente mis tiempos de jugador, tiempos en los que debíamos acometer desplazamientos arduos y tediosos, muchas veces peligrosos, de más de hora y media de duración, en pleno invierno, de aquellos inviernos, claro, que Asturias, ahora, parece Canarias. Con nieve y hielo, con un frío de consideración, unas carreteras infames y unos coches, en el caso de que los hubiera, que no eran ni la cuarta parte de los actuales, automóviles con los que ponerse a ochenta era una temeridad y un milagro, al cincuenta por ciento, camino de sitios que estaban en el quinto pino. O en el sexto. Y esto ya era un lujo, porque no pocas veces no había coche y había que utilizar el tren o el autobús, o las dos cosas, porque no había líneas directas al sitio de juego.

 

Pienso que esta generación está muy mal acostumbrada. Demasiado mal acostumbrada. Por esta razón, mayormente, fracasa en gran medida. Viven, como la célebre Alicia de Lewis Carroll, en el País de las Maravillas. Para muchos todo debe ser fácil y rápido, como internet o el teléfono portátil. Cuando se habla de esfuerzo, les sale un sarpullido y echan a correr.

Recuerdo también, y ya sé que estoy como los abuelitos porque, de hecho, tengo edad para este menester, y tan sólo por poner un ejemplo de los muchos que podría narrar, aquellos viajes a Caborana, donde nos recibía el queridísimo e insigne Eusebio Bayón. ¡Qué personaje, qué maravilla de hombre! Y pensar que se fue de este mundo sin un maldito homenaje de los ajedrecistas asturianos. Somos un desastre y unos desagradecidos.

Aitor Alonso observa el enfrentamiento entre Santiago Bertault y Néstor López. QUIQUE64
Aitor Alonso observa el enfrentamiento entre Santiago Bertault y Néstor López. QUIQUE64

El gran Eusebio Bayón, junto a Pablo Jiménez, otra persona de altísima calidad personal, docente de primera fila, junto a Hilario y a Loureda, entre otros, que me perdonen éstos mi mala memoria, gente trabajadora, muy trabajadora, algunos de ellos mineros, como Eusebio, que dedicaban buena parte de su tiempo libre al ajedrez, formaron un club en Caborana, que es como fundar en equipo de esquí alpino en el Sájara.

Nos recibían en su sala de juego, por calificarla de alguna manera. Como no tenían sede, llegaron a un acuerdo con el cura del pueblo y éste les dejó lo que tenía, un local detrás de la parroquia que era muchísimo mejor que una cámara de ultracongelados. Y era invierno, un crudo invierno asturiano de cuando entonces, que diría el maestro Francisco Umbral, con temperaturas bajo cero.

Como las desgracias nunca vienen solas, el brasero se puso en huelga y, a los pocos minutos, todos tiritábamos de frío a pesar de que íbamos con una buena zamarra y provistos de guantes, que teníamos que quitar con gran pesar para anotar los movimientos.

Recuerdo que, algo así como media hora después de haber comenzado y muy poco antes de convertirnos en productos findus, le comenté al bueno de Eusebio que podría ser una buena posibilidad a tener en cuenta el parar los relojes y salir a tomar un café o algo caliente. Él estuvo de acuerdo y fuimos todos, los diez helados gladiadores del tablero, a través de la nieve, al bar que él nos condujo y en el que entramos tan felices como si se tratara del mismísimo cielo.

Manuel Alejandro Cuevas observa las partidas. QUIQUE64
Manuel Alejandro Cuevas observa las partidas. QUIQUE64

Café hirviendo y güisqui y coñac abondo como si fuéramos a cumplir con denuedo una prescripción facultativa. Nos llevamos una botella a la sala y fuimos aquilatando chupitos, entonces no se llamaban chupitos, claro, que degustamos durante el gélido decurso del enfrentamiento en el tapón de la botella de jotabé, más que nada para mantenerse con un hálito de energía.

A ninguno se le ocurrió esbozar la más mínima protesta. Era lo que había. No era lo mejor, claro está, pero todos sentíamos una pasión enorme por el ajedrez, queríamos practicar ajedrez, ansiábamos competir, anhelábamos medir nuestras ideas con las de otro rival. El resto importaba poco. O nada. Por esto, años más tarde, comprendí muy bien cómo era posible que muchos miles de moscovitas se congregaran alrededor de los varios cientos de mesas de ajedrez que se encontraban, al aire libre, en el Parque Gorki y no prestaran la más mínima atención al termómetro, que estaba lejos de llegar al cero, ni a la nieve, que caía, con gran generosidad. La concentración era máxima, el ajedrez era puro, la pasión era oceánica…

Los de nuestra generación éramos unos enamorados del ajedrez y estábamos dispuestos a sacrificarnos por la diosa Caissa y a viajar por aquellas infernales carreteras asturianas de hace cuarenta años, que daban miedo. No teníamos reparo alguno en pasar frío o calor porque salíamos a pelear a muerte, como los gladiadores en el Circo Máximo, y viajábamos adonde hiciera falta, aunque hiciera mucho frío, nevara o lloviera en abundancia, aunque hubiera que desplazarse hasta el mismísimo infierno. Esto ayudó, y no poco, a forjar personalidades fuertes, decididas…

Ahora, casi todo es muy diferente. Demasiado diferente. Malamente diferente, que dirían en Andalucía. Que si no me gusta la sala, que si está lejos, que si la luz no es buena, que si la silla es incómoda, que si hace calor, que si hace frío, que si… Pero ¡cómo puede haber tanto boludo, viejo! Parecen grandes maestros y, la gran mayoría, confunden un alfil con un bocadillo. Que es bueno mejorar es indudable, pero tanta exigencia parece de inadaptados. Enhorabuena Antonio Lucas, tú eres de los de antes.

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